Te mirás al espejo, te mirás de nuevo y decís para vos mismo “Mierda, me tengo que cortar el pelo…”
Agarrás lo imprescindible [Billetera, llaves, documentos, papeles del auto, celular, cigarrillos, encendedor, monedas, pañuelitos descartables y un paquete con dos beldent] y salís para la peluquería.
Los hombres, o la mayoría de los hombres, no tenemos un peluquero de cabecera (valga el juego de palabras que hace que parezca un chiste malo de Larry de Clay). Es por eso, que uno va a cualquier peluquería…
Entonces, pispeando, te cruzás con un cartel con una invitación imposible de rechazar:

Obvio que no dudás un segundo, y te mandás.
“Buen día…para cortarme…”
“Sí pibe, pasá por acá…”
Caminás como con miedo, vas mirando esos cuadros de los años 80 que decoran el tugurio en el que te metiste y te sentás en un sillón, un poco antiguo. Lo pensás una vez…dos…y te sentás.
“¿Cómo te cortás pibe?”
“Ehhh…ehhh…cortó…como ahora pero más corto”
El peluquero comienza a silbar un tango, y se acerca tal el gaucho a punto de faenar…
“A ver pibe, levantá la cabeza…¿te peinás con raya al costado?”
“No…mirá…igual que ahora pero más corto…”
“¿Un rebajado te hago?”
“Y…sí” (sin saber de qué habla)
Empieza a deslizar la única tijera que tiene por toda tu cabeza -sigue silbando- y en un momento se detiene. Te mira -a través del espejo- y te pregunta -buscando un sí como respuesta- “¿Ahí está bien pibe?”
Le explicás de la forma más amable que podés que no, que no está bien, que no es lo que querés, que no te gusta, que querés irte ya.
Acto seguido, empuña su tijera, te saca tres o cuatro pelos y te vuelve a increpar “¿Quedó, no?”
Recorrés el espejo con mala cara, te ves en él y pensás…¿me arriesgo a un tijeretazo más?. Volvés a mirarte en el espejo y decidís que no, de ninguna forma. No hay vuelta atrás, te hizo cualquier desastre nada parecido a lo que pensabas antes de traspasar la puerta.
Te parás, le pagás -de mal modo- y emprendés la retirada, desolado, como quien vuelve humillado de una cita, y tu pelo, es impresentable. Recorrés con tu mirada todos los cuadros de la peluquería y decís, como si fuese consuelo, bueno, pudo ser peor…Sin llegar a la puerta, alguien entra y saluda de un abrazo al Gitano. “¡Gitano! Vengo por lo de siempre…” le mirás la cabeza, te mirás al espejo, lo mirás al Gitano y ahí entendés…los tres tienen el mismo corte…el Gitano hace siempre el mismo corte.
Sin dudas, me molesta que no respeten mis decisiones…